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Según cambiodemichoacan.com.mx, en el fin de la semana pasada, del jueves al domingo, el Festival Internacional de Música de Morelia presentó varios eventos interesantes, dos de los cuales son el tema de la presente entrega. El primero es el concierto que ofreció la Camerata Ireland en el Teatro de Morelos, el jueves 15 de noviembre. Es un ensamble formado por sólo instrumentistas irlandeses, ya sea que trabajen en Irlanda o en orquestas de otros países. Los dirige Barry Douglas, notable pianista, también irlandés. Es una orquesta de cámara característica, de 20 atrilistas de cuerdas, que se refuerza con alientos y percusiones según las necesidades. Por el conjunto mismo y por el programa inicialmente anunciado, me parecía uno de los conciertos más atractivos de todo el festival. Parece ser que el publico no pensó así, pues apenas llenó medio teatro. Abrieron con un Andante para cuerdas de Prokofiev, que se dio sin pena ni gloria. Siguió la parte medular del programa, cuando Barry Douglas se sentó al piano para tocar y dirigir desde ahí el Concierto de piano número 23 de Mozart. Aunque todavía en tonalidad mayor, ya es de los conciertos con claro contenido dramático, sobre todo en los dos primeros movimientos, y que requiere una interpretación sentida más que técnicamente perfecta para mostrar las ideas y sentimientos que tan bellamente guarda. La versión que escuchamos ese jueves fue buena por parte del solista y la orquesta, pero no alcanzó los niveles emotivos que esperábamos. Después del intermedio siguió una pieza de casa, Nocturno para cuerdas de John Kinselli, irlandés contemporáneo. Es una bella pieza de melodías modernas, tonal y armonizada con influencias de modos tradicionales de la tierra. Les resultó muy lucida. Cerraron con la Sinfonía número 85, La reina, de Haydn. Stravinsky dijo alguna vez que Vivaldi no había compuesto 600 conciertos, sino 600 veces el mismo concierto, lo que me parece una exageración. Pero esa frase se aplica mejor a las sinfonías de Haydn, pues de la primera a la última están hechas con el mismo formato, armonizadas y con ritmos iguales, y todas ellas sin emoción. De esta tabla rasa se salvan la 45, Los adioses, y la 104, Londres. Y la interpretación que escuchamos el pasado jueves de la 85, La reina, fue tal para cual, correcta pero sin relieves y sin emoción. Sin embargo, los aplausos alcanzaron para un bis y para un encore. Este último fue Londonderry air, una canción tradicional irlandesa en una hermosa versión para orquesta de cuerdas que les resultó bellísima y fue lo mejor de la noche. El domingo 18 de noviembre se dio la función más significativa de todo el festival: la ópera La flauta mágica de Mozart en una producción del Conservatorio de las Rosas y bajo la dirección del francés Jean Paul Penin. Dicen los que saben que La flauta mágica (1791) no es una ópera sino un singspiel, es decir, una comedia musical, ligera y popular, propia de los países de habla alemana. Pero su extensión y enorme calidad musical la tienen inscrita como una de las óperas más importantes que se hayan escrito. Compuesta en los meses anteriores a su muerte, Mozart la realizó con un libretista alemán, Emmanuel Schikaneder, que era hombre de teatro además de un hermano de la masonería. Era una combinación de actor principal, director de escena y director general, además de empresario. Compuesta en torno al elenco de que disponía la compañía, que eran actores que sabían cantar sin ser verdaderos cantantes, la música es más sencilla que la de otras obras mozartianas y más folclórica que operística, además de que, como comedia musical que es, tiene un tratamiento directo y superficial en lugar de la grandeza vocal. En realidad es una ópera con la dinámica del singspiel. Schikaneder realizó una versión libre de una historia que halló en una colección de cuentos orientales inspirándose también en la «ópera mágica» de la época. Basó la acción en la lucha entre fuerzas ocultas del bien y del mal. Un hada buena envía a un príncipe a rescatar a su hija de las garras de un brujo maligno, entregándole una flauta mágica que desarma a cuantos la escuchan. Por alguna razón que jamás fue explicada, al promediar el primer acto, los actores cambian de idea: el hada se convierte en la fuerza del mal y el brujo en un rey filósofo de acendrado humanismo. Sin alterar nada de lo ya escrito, Mozart y Schikaneder siguieron adelante, finalizando la obra con el triunfo del bien pero sin preocuparse por aclarar la serie de inconsistencias debidas al cambio de enfoque. Los personajes secundarios identificados con la reina mala parecen tener acceso a los dominios del buen profeta y, aunque su congregación humanista considera que las mujeres son inferiores a los hombres, la princesa, que es el eje de la acción, está a la par de todos los demás en lo que respecta a sinceridad, gentileza y fuerza de voluntad. Es una obra religiosa, basada en las creencias francmasonas. La habilidad de Mozart para describir estos tres niveles con una música que sugiere a un mismo tiempo la unión y la separación, convierte a La flauta mágica en una obra brillante. Los «masones», el príncipe y la princesa, y los personajes cómicos suenan de manera muy diferente, pero cuando cantan al unísono se encuentran en un mismo plano, lo que trata de demostrar que todos los personajes buenos, cualquiera sea su origen, pueden entenderse entre sí. Sólo la malvada «reina de la noche», que únicamente se entiende a sí misma, canta en un idioma que nadie comprende, expresándose en un par de solos de gran «coloratura» y convulsiva arrogancia. Cuando se estrenó, La flauta mágica tuvo un gran éxito entre el público aunque no entre los críticos, pero años más tarde fue celebrada por los nacionalistas alemanes como el fundamento de la ópera alemana. En realidad no lo era, porque esa combinación de lo espiritual y lo terrenal fue única en su género y su autor no tuvo continuadores; nadie pudo jamás igualar, superar, ni siquiera imitar el humor de Mozart. La presentación del domingo 18 de noviembre, en un Teatro Ocampo repleto, tuvo el mérito y el interés de tratarse de una producción local, del Taller de Ópera del Conservatorio de las Rosas que dirige Thusnelda Nieto, apoyándose en la dirección musical y concertación de Jean Paul Penin y la puesta en escena de Raúl Falcó. Y sucedió que los resultados finales superaron generosamente a las expectativas. Ofrecieron una función de ópera verdaderamente de gala, con un profesionalismo, entrega y calidad mayores que los de muchos artistas que se ostentan como profesionales. No tengo por dónde empezar y bueno, primero diré de la orquesta, que es la del conservatorio que dirige José Luis Gálvez. Sonó estupenda, afinada y en tiempo, sonora y brillante y siguiendo perfectamente los matices de la obra. El coro fue el menos lucido en lo musical. De los cantantes, sólo uno es profesional, Salvador Guízar, que hizo el Sarastro. Todos los demás son alumnos del bachillerato o licenciatura y no de los últimos grados, y casi todos lo hicieron muy bien, tanto en el canto como en la actuación. Quiero destacar como sobresalientes a la soprano Cynthia Sánchez que hizo Pamina; a la también soprano Carla Acosta, que hizo la Reina de la noche; y más que a nadie, al barítono Jorge Álvarez, que hizo un estupendo Papageno, del cual no supimos qué admirar más, si el canto o la actuación. Escenografía no existió, pues toda se hizo con iluminación y proyecciones, lo que le dio un toque moderno a la obra, junto con el vestuario, pues lo terrenal está puesto en nuestra época. La puesta en escena fluyó un poco lenta pero fue agradable y elemento destacadísimo de la noche fue la concertación y dirección musical a cargo del maestro Jean-Paul Penin. Pero finalmente, esto fue el resultado de un trabajo largo, cuidadoso y muy intenso, del cual el mérito mayor le corresponde al Taller de Ópera del Conservatorio de las Rosas. Enhorabuena. 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